Por Leonardo Landa Rivera, pediatra y vicepresidente de APILAM
 
Poca distancia nos separaría a los médicos de los brujos, si no fuera por la posibilidad que tenemos para echar mano de la metodología científica y contrastar así las hipótesis, que de otra manera estarían sujetas al vaivén de nuestros propios prejuicios. Sin embargo, aunque dentro de la profesión médica se haga con frecuencia alarde de vocación científica, resulta patente que en la práctica nos saltamos a la torera, cada vez que podemos, la mejor evidencia disponible, condicionando nuestra actuación a creencias personales.
Ocurre en muchos campos de la práctica médica. La expresión de “Ante la evidencia, la experiencia” se escucha a menudo en los corrillos médicos, como justificación a una determinada actuación sin base científica. Quizás, se deba a que la evidencia científica no da solución a todos los problemas de salud que aquejan el día a día de los ciudadanos. Cómo la medicina no tiene respuestas para todo, existe ese punto tenue en donde la actividad médica se transforma en arte y los espabilados aprovechan para llevar agua a su molino.
Entre las cosas que menos compatibilizamos están las recomendaciones sobre alimentación infantil, emitidas por organizaciones como la OMS o UNICEF. A todas luces, tales recomendaciones entran en franca colisión con los intereses de la poderosa industria global de alimentos, que por supuesto pone todo el empeño en proteger su negocio, como queda en evidencia por la continua violación del código de sucedáneos de leche materna, aprobada de manera parcial como ley en España.
Una estrategia muy manida ha sido la utilización de la desinformación, ya sea mediante estudios ad-hoc plagados de conflictos de intereses y la penetración de estamentos profesionales en consultorios, hospitales y sociedades científicas. A esto se añade la reacción, a veces virulenta, de ciertos sectores del sector sanitario, como es el caso del libro publicado por un pediatra del Hospital General de Castellón, en el que abunda en comentarios contrarios a la lactancia materna.
En el libro citado se deja al descubierto una visión sesgada y distorsionada de la lactancia materna. Decir que los niños se desnutren y mueren porque sus madres les alimentan con su leche, no sólo es faltar a la ciencia, sino también una sublimación de la estupidez, por el desconocimiento que supone de los milenios de supervivencia transcurridos gracias a la lactancia natural. Dicho de otra manera, una flagrante laguna de desconocimiento. Como dice la prestigiosa académica de la lactancia Dr. Nancy E. Wight, “por instinto propio los profesionales nos retrotraemos al campo del conocimiento que dominamos y despreciamos lo que nos es ajeno, ante el temor de no disponer de argumentos para hacerles frente”.
Una actitud responsable del autor, lejos de retrotraerse a sus limitaciones, debería ser la de profundizar en los fenómenos y encontrar respuestas en la experiencia publicada. En el caso concreto de los problemas relacionados con la lactancia materna, esta experiencia es abundante y el compromiso, en cualquier caso, aplicar los correctivos para evitar que se produzcan los casos mencionados, que no hacen más que traducir la inoperancia de unos servicios de salud y de unos profesionales que no cumplieron con su cometido.
Los padres tienen el derecho de elegir lo que consideren mejor para sus hijos, para lo cual la lactancia materna ocupa la cúspide sin discusión posible. Nuestro papel como profesionales debe ser el de enterarnos cómo hacer para ayudarles a que lo consigan.  

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Una respuesta

  1. Gracias por mostrarnos que hay verdaderos/as pediatras pro lactancia a quienes hemos sufrido de diagnósticos médicos erróneos (en mi caso una falsa intolerancia a la lactancia) y consejo de destetar a los 6 meses. Suerte que decidí desobedecer la recomendación médica y acercarme a asesoras en lactancia que me apoyaron y ayudaron a que hoy, con casi 18 meses, sigamos con la lactancia. Saludos!

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- José María Paricio, presidente de APILAM y creador de e-lactancia

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